Este no es tu cielo

¿Dónde estoy?

Me pongo la mano en la frente y miro al cielo. El sol está brillante, pero no quema. Y eso que el sol en Buenos Aires no solo te calcina vivo, sino que te derrite y te deja como chicle sobre el asfalto. Pero no… Algo me dice que Buenos Aires quedó bien atrás.

—Benvenuto, Vecchio.

Ahora, cuando alguien te dice “viejo” en italiano, tu primera reacción podría ser mandarlo a al hoyo por el cual salió para respirar por primera vez. Pero cuando el saludo viene desde algo frío, escamoso, con anillos negros, rojos y blancos alrededor de su cuerpo, y que está deslizándose entre tus pies, salís corriendo.

Y eso mismo es lo que hago, corro. Corro al grito vivo de “¡Víbora! ¡Coral! ¡Víbora coral!”. Y sigo corriendo sin notar que el paisaje está cambiando.

Ah, claro. Ni te conté donde estaba. Solo te dije que el sol brillaba.

Antes de que la víbora parlante decidiera deslizarse por mis pies descalzos… Espera un poco, ¿por qué estoy descalzo? Si mi hija me viera, se burlaría de mí. Repitiéndole hasta el cansancio que se pusiera algo en los pies y yo ahora sin ni un par de medias. Ahora que lo pienso, tampoco era esta la ropa que usaba.

No estoy desnudo, no vayas a pensar que soy un exhibicionista, pero los calzones que tenía puestos hace unos minutos están cubiertos. A menos que… Sí, siguen estando allí.

No hay nada de que preocuparse. Todo se mantiene apto para todo público.

En fin, ¿qué hacía? Ah, sí. Te contaba donde estoy.

No tengo la más pálida idea.

Esa es la verdad.

Pero al llegar, los pastos estaban altos. No es de extrañar que alimañas peligrosas anden por todos lados. También había algún que otro árbol alrededor, pero ahora que corro y grito, sacudiendo mis brazos a lo Olivia Olivo, lo que veo es arena acercándose. Arena y olas.

Miro hacia atrás y la pradera sigue ahí.

Miro hacia adelante y es como otro mundo nuevo.

Lo que es nuevo también es mi capacidad pulmonar. No corro así desde que me escapé de la policía por fumar porro a los 12 años. Supongo que tendrá que ver con el hecho de estar…

—Hola, Osvaldo.

—¡La reput…! —además de la extraña razón por la que no puedo insultar como es debido en este lugar, el tipo este que acaba de aparecer detrás de mí, casi me causa un infarto. —¡¿Por qué me vas a asustar así?!

Lo que me deja la boca abierta, es que junto a él, hay una gran reja en arco.

—¿No lo adivinaste, todavía?

Él también tiene estas ropas livianas. Las que contrastan bastante con su color de piel oscuro. Yo en cambio, debo parecer Casper a su lado.

—¿Qué cosa? ¿Qué estoy muerto? Sí, la falta de dolor y el hecho de que acabo de correr media maratón por culpa de una serpiente parlante, me dieron la pista.

—Ah… Así que ya conociste a Cora.

—¿La desgraciada encima tiene nombre?

El tipo sonríe. Como si no fuera suficiente haberme dado el susto de mi vida —o muerte—, el tipo sonríe.

—No te preocupes por Cora. Es inofensiva.

—Disculpame, pero hasta donde sé, las corales no son inofensivas.

—Ya estás muerto, ¿qué te puede hacer? —dice levantando una ceja. Pero no la levanta de cualquier manera. Aunque su boca apenas se está levantando en uno de sus lados, su ceja se ríe sin ninguna vergüenza de mí.

No me queda más que abrir la boca, cerrarla y volverla a abrir. Me paso la mano por el pelo.

Mi pelo.

Está grueso. Y abundante. Apuesto a que tampoco debo tener canas.

—No hagas apuestas que no puedas pagar.

—Esperá… ¿Cómo supiste…? ¿Me estás leyendo el pensamiento?

—Pensás en altavoces, Osvaldo. Estoy seguro que te escucharon en todo el piso.

—¿Qué? —Extiendo mis brazos a los costados—. ¿No existe la privacidad en este lugar?

El negro empieza a reírse. Primero es una risita aislada. Pero después es una carcajada alta y escandalosa.

¿Extiendo mis brazos a los costados? Ay, por favor. Los nuevos son muy extraños. ¿Por qué te expresás así?

—¡No lo sé! ¡Estoy practicando Mindfullness o alguna cosa de esas! —respondo exasperado—. ¿Y qué es este lugar? ¿Estoy en el cielo?

El negro se seca una lágrima y va calmando la risa.

—Dejá de llamarme “negro”. Soy Carlos.

Mis ojos se entrecierran.

—¿En serio? ¿Carlos? ¿No sos Gabriel, Nataniel, Tahiel, Ariel, Tajel, ni nada por el estilo?

—¿Por qué no puedo ser Carlos? —pregunta divertido.

—Porque no es nombre celestial.

—Ese es el asunto. Esto no es tu cielo.

—¿Cómo que no? —El frío más frío del mundo baja por mi espalda—. Ay, no. Estoy en el infierno.

Carlos vuelve a reír.

—Nada de eso, Osvaldo.

Ok, ahora estoy oficialmente confundido.

—El asunto es que allá en la tierra, y en muchos otros planetas también, tienen una variación muy grande de creencias y de lo que sucede después de la muerte. Así que lo más fácil fue crear esto.

Carlos mira hacia la gran reja.

— ¿Y qué es esto?

—Algo así como un cielo autogestionado.

—¿Eh?

Sé que la esquina de mi boca se torció hacia arriba causando una mueca extraña, así que no me importa la sonrisa burlona de Carlos.

—Todos los que pasan por estas puertas, pueden crear su propia versión del cielo. Pueden compartirla, invitar a otros, cambiarla y… ¡hacer lo que quieran!

No sé si escuché bien.

—¿Lo que quiera? —digo con mi mano levantada al frente mío. El negro asiente… Y en seguida sacude la cabeza por haberme referido hacia él como “el negro” otra vez—. ¿Un bar con stock infinito de las mejores bebidas?

—Ya tenemos algunos bares por ahí.

Mi sonrisa se ensancha. Ahora estoy emocionado. ¿Quién se habría imaginado que estar muerto sería tan emocionante?

—¿Y qué esperamos? ¡Entremos!

No alcanzo a dar dos pasos que Carlos me detiene con una mano en el pecho.

—No tan rápido.

—¿Qué pasa? La reja está ahí. Es solo–

—No estás listo para entrar.

—¿Cómo que no? —Esto no puede estar pasando— ¡Ya estiré la pata! Llegue a mi anarcocielo y ahora quiero entrar.

—Todavía tenés que hacer algunas cosas antes de poder entrar.

Comienzo a sollozar. Sin lágrimas. Me tapo la cara con las manos.

—¿Qué más tengo que hacer? ¡Qué más!

—Resolver asuntos pendientes.

Parece ser que Carlos no entiende el significado de preguntas retóricas. Pero la respuesta fue útil de cualquier manera.

—¿Qué cosas pendientes? ¡Ya estoy muerto! ¿Qué se tiene que hacer en este lugar para tomar una copa?

—Creeme —dice mirando al vacío—, me encantaría saber. Llevo más de 5000 años esperando una.

¿5000 años sin un trago? Oh, mi Dios. Que alguien me reviva ahora y me dé la inmortalidad porque 5000 mil años es mucho tiempo sin un trago.

—No te preocupes. Lo mío es un caso especial. Pero cuanto antes comencemos a trabajar en tus asuntos pendientes, antes podrás tener tu trago.

—De acuerdo. —Ahora estoy más que determinado. Voy a necesitar un trago cuanto antes— ¿De qué se trata?

—Solo cerrar algunas cosas que dejaste en la tierra. —Carlos pone un brazo en mi espalda y me guía lejos del portón—. Deudas que, por tu problemita, cayeron en otros, palabras sin decir, ese tipo de cosas.

Lejos de mi bar.

— ¿Y cómo voy a encargarme de eso?

Lejos de mi trago.

—Ya verás. No es tan difícil.

Lejos de mi anarcocielo.

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Sí, es extraño, pero divertido.

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