Palabras por minuto
Foto de fauxels, en Pexels
Hay cosas que escapan a nuestra comprensión.
¿Qué podemos intentar explicarlas? Claro que podemos intentar explicarlas.
Pero eso no quiere decir que estamos más cerca de entenderlas.
A pesar de eso, la vida continúa. Cosas se siguen descubriendo y otras tantas se siguen creando, mientras el resto de los mortales sigue con sus rutinas diarias.
Levantarse, desayunar, trabajar, comer, dormir.
Levantarse, desayunar, trabajar, discutir, comer, dormir.
Levantarse, reconciliarse, trabajar, comer, dormir.
Levantarse, desayunar, fingir trabajar, comer, dormir.
Era lo mismo para todo el mundo.
Era lo mismo para Sofía.
Que esa rutina tuviera consecuencias catastróficas o no en otro sitio del universo, era otra de las cosas que escapaban a su comprensión. Así que ahí estaba Sofía, sentada frente a su moderno computador, en su no tan moderna oficina.
Tenía un sistema para aguantar los días más largos y pesados de su jornada laboral.
Un sistema era demasiado decir. Pero era la palabra de moda en el área de productividad y con eso se engañaba.
Su “sistema” consistía en encontrar el juego perfecto, que combinase con el trabajo que estuvieran haciendo en la oficina, y así poder fingir que aportaba algo a la sociedad.
Hoy se había lucido.
¡Diablos! ¡Si hasta podía decir que era una capacitación y pedir que le paguen extra por jugarlo!
Era un simple juego de tipeo.
Su misión adictiva era la de escribir las palabras que aparecían en pantalla lo más rápido posible para evitar que el alien feo y malvado de 8 bits se comiera al lindo y tierno conejito que corría por un mundo demasiado pequeño.
Mientras tanto, en un lugar lejano a ojos humanos —y no tan lejano a ojos astronómicos— un pequeño punto luminoso nació y comenzó a crecer. Se estiraba y se enrollaba como una serpiente venenosa a punto de atacar. En medio del blanco, un color lila mortecino se esparcía y montones de tentáculos fuertes, poderosos y calientes, se formaban.
Dos círculos se abrieron paso en medio, dejando ver la negrura del espacio y una franja igual de oscura y vacía se extendía justo debajo, abriéndose cada vez más, emitiendo un gruñido desgarrador.
La cosa abría su boca cada vez más, devorando soles, planetas, cometas y todo lo que estuviera en su camino, sin llegar nunca a saciarse.
En medio de la nada que tenía enfrente, apareció otro punto. Era eso lo que la cosa necesitaba.
Se acercaba a gran velocidad, dando latigazos con sus tentáculos, usando los cuerpos celestes que no comía para darse más impulso.
El punto se transformó en un semicírculo azul.
La cosa abrió aún más la boca, dejando caer un hilo de fuego que causó una pequeña-gran explosión al separarse de su dueño.
Ya se podían ver continentes y nubes en el círculo azul. La cosa se preparó para dar su gran mordisco y–
—¡Sofía! —la llamaron desde el final del pasillo.
—Puta madre… —murmuró Sofía —. Justo cuando estaba por alcanzar mi nuevo récord.
Cerró el juego y salió de su oficina.
El monstruo desapareció mucho más rápido de lo que tardó en existir, dejando a su paso un grito ensordecedor y una serie de ciclones, tornados y terremotos que ni meteorólogos, ni geólogos conseguían explicar.
Pero ese es otro de los tantos asuntos más para sumar a la lista de cosas inexplicables que estamos acostumbrados a ignorar.